martes, 19 de mayo de 2009

Sábado 16 de Mayo

Llueve, hace un tiempo de perros; las gotas de lluvia caen lentamente sobre mí, empapándome la cara. Me seco la frente con mi manga, o más bien lo intento, ya que me doy cuenta de que con ella, lo único que consigo es aumentar la cantidad de agua sobre mi rostro. Abro el bolso, saco un jersey de punto (que llueva no quiere decir que haga frío, aunque muchos relacionen ambas cosas), me seco, esta vez sí, y lo guardo. Mi cara seca, muy a mi pesar, dura unos instantes. Miro al cartel, aún quedan tres interminables minutos. Sigue lloviendo a cántaros, y el autobús no llega. Abro el bolso de nuevo, cojo la cartera y busco la tarjeta ciudadana; no está, mierda. La encuentro en el boslo trasero del pantalón y miro a la carretera; sigue sin venir, es tarde, no llegaré a la hora, comienzo a ponerme nerviosa. Queda un minuto... cero; lo veo llegar de lejos. Me monto y paso la tarjeta, sólo quedan 4,50€, no durarán mucho. El autobús arranca. Alguna gente me mira de forma extraña, ¿será por mi pelo? Está empapado, sí, pero no puede ser tan horrible. Tampoco mi cara da tanto miedo... Es mi parada, pico, espero y me bajo. Llueve, cómo no, miro al cielo, maldigo a las nubes y llego al portal. En el ascensor me miro al espejo, quizás mi aspecto sí era tan horrible... Ya estoy en el sexto, se abren las puertas, saco las llaves y abro. Ya estoy en casa... Hogar dulce hogar.

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